Acabo de llegar a mi corral madroñero. Durante mi regreso, el hambre ha sido mi más fiel compañía. Las provisiones para mi sustento entregadas por mi dueño en el embarque de Ceuta han sido tan “generosas y exquisitas” como siempre: un saco de chuscos mordidos, pinchitos pelados, canapés invisibles, piquillos de pimientos sin melva al canuto, espinacas sin jamón ibérico, patatas de los pobres, “bichosoy”, ensaladas de colores, cáscaras de melón, huesos de pollos haciendo cucú, recortes de naranjas, arroz cuartelero, tabla rasa sin ibéricos, huesos chupados de aceitunas, infusiones de alfalfa caducada, agua tontona, etc. Con este arsenal gastronómico, este camélido no ha tenido más remedio que buscarse la vida en el retorno. En mi descanso entre los arroyos de Despeñaperros se acabó todo, pero estoy acostumbrado a pasar calamidades. Continué mi camino, y pronto divisé un verde y florido jardín que llaman de Aranjuez (en mi caso, sin “mon amour”, por ahora). Rápidamente, entablé conversación y amistad con el jardinero: le solté cuatro gruñidos, un mordisco y dos patadas, yendo a parar sobre los plácidos patos del Tajo. Mi conciencia camellera me aconsejó hacer su trabajo, así que, con muy buena voluntad, le dejé el jardín como el desierto que me vio nacer. Felizmente, sin contratiempos, volví junto a mi nómada. Muchos besos en los morros. Siroquín (J. Muñoz).
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09/06/2009 2:49 pm